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La huerta grande

«Vidas disueltas (parte. 2)» Patrick Rosas

11 mayo, 2020

VI

Durante el examen nos obligaban a desnudarnos unos a otros, como para que cada uno apreciara mejor el estado de desamparo en que nos encontrábamos todos. Ya no éramos seres de carne y hueso, con sus kilos de más o de menos. Nos percibimos como una mengua, como una resta  cuando ya no queda nada por restar. Y si hemos tenido algunos la osadía de preguntarnos quién era capaz de ordenar tanto denigramiento, si tuvimos esa osadía, repito, nadie la expresó abiertamente. Ya no nos quedaban palabras para explicar nuestro estado. Las esdrújulas y las sobresdrújulas han desaparecido de nuestro pensamiento. Y ahora hasta las palabras bisilábicas empiezan a desertar de nuestro vocabulario. Pronto no vamos a poder expresarnos más que emitiendo gruñidos u onomatopeyas.

VII

Odiándonos, odiamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Nosotros, seres de leña podrida, ascuas que han perdido la memoria del fuego que fueron. Nos meten en el recinto y nos sacan de él a voluntad, como bueyes que metieran y sacaran de una cámara frigorífica, obedeciendo los hombres -nuestros esbirros- a un designio que a ellos mismos parece resultarles misterioso. Todo está en contra nuestra, todo nos agobia. La mañana y la noche parecen confundirse para arrastrarnos en su confusión. Hemos perdido la noción de los meses y de los años. El tiempo es una permanencia inmóvil cuyo paso solo es perceptible para quienes tenemos aún conciencia de nuestra degradación. Lo vemos inscrito en los demás. No hay espejos en este encierro. El espejo del otro es cada uno de nosotros.

VIII

Mentiríamos si quisiéramos designar al que dio el primer golpe. Podría haber sido cualquiera: mi vecino, yo mismo, hasta el más débil y manso de todos. O acaso el golpe partió solo, no por voluntad de darlo alguien a otro, o a ninguno, a todos, sino por torpeza, o por error. O quizás por desesperación. Alguien que ya no puede más. Lo cierto es que el golpe partió, aquí, en la oscuridad pestilente, y que ha provocado una reacción en cadena. De súbito, los golpes se han ido repitiendo, feroces, a la cabeza, al vientre, a los genitales. Y los que todavía podían caer han caído como fichas de dominó sobre los demás, que yacen en el suelo mugriento. La trifulca ha terminado como empezó, de súbito. Un puño ha propinado el último golpe de la cadena y la reacción ha cesado y con ella los ayes y los gritos. Por alguna razón, sabemos que afuera está por salir el sol. Nosotros no lo veremos, pero lo adivinaremos apuntando en el horizonte quienes tenemos memoria de su existencia. La muerte ha muerto esta noche. Nadie sabe lo que nos deparará mañana.

IX

Los días siguientes, el denso tiempo inmensurable lo hemos pasado fuera del registro de la vida y de la muerte. Hasta ahora, y desde que llegamos, o muy poco después, cuando la oscuridad y el miedo destruyeron nuestros hábitos gregarios, hubimos dejado de ser. Ahora hemos dejado también de estar. Perdimos nuestra condición de hombres. Luego perdimos nuestra condición de cuerpos. Nos hemos vuelto materia deleznable, como materia es, por ejemplo, el pus. Menos que eso. Somos manchas que una abyecta circunstancia ha hinchado y reventado. Nos han suprimido la bazofia que nos daban de comer. ¿Para qué malgastarla en manchas? Tan absurdo sería alimentar las piedras para ver si crecen. ¿Y si se les ocurriera crecer? Han optado por disolvernos usando un agua ácida que se desprende del techo. En pocas horas, el agua ha empezado a volver jirones nuestra piel.

 

 

(Vidas disueltas forma parte de la novela Inolvidablemente publicada en 2011 en su Serie Ficciones por la Editorial Universitaria—Universidad Ricardo Palma, de Lima, Perú. De su autor, Patrick Rosas, la editorial La Huerta Grande ha publicado en 2017 la novela El año de Los Saicos).

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