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La huerta grande

Esperado Día del Libro

22 julio, 2020

Con motivo del Día del Libro, y apoyando la campaña del Gremio de Editores, orquestada bajo el lema #TODOEMPIEZAENUNALIBRERIA, hemos pedido a nuestros autores de narrativa que contesten a estas preguntas:

  1. A lo largo de tu vida ¿qué ha empezado en una librería?
  2. ¿Qué es lo que hace diferente a una librería de otros lugares?

 

Guillermo Roz, coautor con Oscar Grillo de Las gafas negras de Amparito Conejo y de El indio cíclope (próxima publicación en octubre/noviembre).

1. La librería inaugura en mi vida la idea de que hay un lugar donde caben todos los lugares, todos los tiempos, todos los espacios, todas las                          respuestas y mejor, todas las preguntas. La librería me abrió el apetito imposible de saciar. Y así, hasta ahora.

  1. La diferencia entre una librería (y una biblioteca) y el resto de cualquier comercio, es que comprendo el oficio del ladrón. Nunca he robado libros ni volveré a hacerlo.

Francisco Javier Expósito Lorenzo, autor de Pájaros en los bolsillos, Juegos de empeño y rendición y La paz de Melville.

  1. En una librería han comenzado grandes descubrimientos, objetos que de repente cobraron vida y se convirtieron en canales benditos de voces que parecieran expresar algo que este que soy llevaba dentro. Un testimonio de una parte de lo que soy hecha libro y voz de otro que era y es lo mismo que era y es lo mismo que yo.
  2. A una librería la hace diferente ser la matriz de un oficio que sirve al saber y al conocimiento humanos, y que hasta ahora aportaba una cercanía y un darse constante a la curiosidad y los talentos humanos. Una librería no deja de ser un reflejo caleidoscópico de todo lo que llevamos dentro. De la civilización, en suma. Un barril que nunca termina de llenarse del néctar de las palabras.

Juan Carlos Chirinos, autor de Venezuela, biografía de un suicidio y Los cielos de curumo.

  1. La primera librería de mi vida fue la de mi colegio en Valera: allí me di cuenta de que el dinero que me daban servía para algo más que para comprar pastelitos, arepas de azúcar, maltas y tequeñones: podía comprar libros, una pequeña colección de vidas de santos -mi colegio era de los salesianos- que, paradojas de la vida, me enseñó el valor de vivir en libertad y sin supersticiones. Claro que paralelamente era -soy- un lector ávido de cómics, y Batman siempre es buen antídoto contra la santidad. Esos los compraba en los kioskos o cuando viajábamos de vacaciones por Venezuela. Yo prefería que gastaran el dinero de mi comida en cómics de Batman, Daniel el Travieso y Ricky Ricón. «Este come cuentos», decía siempre mi papá, para regocijo de todos y dubitativo disgusto mío. Luego descubrí librerías “de verdad” cuando me mudé a Caracas: recuerdo que el primer libro que compré a los libreros del famoso “pasillo de ingeniería” de la Universidad Central de Venezuela fue la Utopía, de Tomás Moro, con la que llevaba años soñando. Lo que comenzó con mis primeros contactos con las librerías fue el cultivo del único vicio que no voy a dejar jamás: la compra impulsiva de libros. Porque creo firmemente en el refrán que dice que si no compras un libro cuando lo ves, no te volverás a topar con él jamás.
  2. Es el único lugar donde puedes conversar sin hablar con nadie. Y, como dice Umberto Eco, es un lugar donde se puede vivir millones de años hacia atrás.

Graciela Rodríguez Alonso, autora de Cartas de los hombres y La epopeya de las mujeres.

  1. El deseo de saber, el placer de zambullirme en lo desconocido, el disfrute del silencio entre páginas que, sin embargo, al abrirlas, ofrecen millones de voces, gritos, cantos, murmullos, llantos; espiar otras vidas, encontrarte reflejada en ellas, hallar consuelo en mundos ajenos, ser hombre y ser mujer, Aquiles y Helena, Odiseo y Penélope, recorrer los círculos del Infierno, alcanzar el Paraíso, escapar de las guerras y las destrucciones, descubrir universos lejanos, robots, galaxias, planetas con muchas lunas, monstruos que sufren, supervivientes de diluvios babilónicos, príncipes mimados a los que la muerte convierte en hombres mortales, mujeres poderosas, Circe, Casandra, mujeres luchadoras, Concepción Arenal, Mary Wollstonecraft, todas las historias que recuerdo, los nombres, las vidas, comenzaron en una librería. También la mía: soy, por encima de todo, lectora.
  2. Espacio y tiempo recobrados, silencio, misterio, emoción, el mapa del tesoro de la memoria. La aventura de la búsqueda, la recogida de frutos no probados todavía o ya probados, no importa, me guía el deseo de descubrir un sabor nuevo; el carpe diem siempre renovado gracias a las estanterías cubiertas de libros a la espera de ser tocados, acariciados, espiados en la intimidad, voces poéticas, dolientes, furibundas, amenazantes, socarronas, alegres, filosóficas, científicas, griegas, latinas, bárbaras, lejanas, cercanas, ser otro, tocar al otro con la punta de los dedos y conocerlo a través del olor de las palabras, tragarme volúmenes como si fuera un faquir ansioso, volúmenes que a través de mis ojos se transmutan luego dentro de mí. Frutos cultivados que nos han alimentado desde hace siglos, y frutos nuevos o injertados, todos están ahí, maduros, aguardando en la plantación inmensa del pensamiento y de la imaginación que es la librería. Entro, huelo, acaricio y recojo los frutos.

Miguel Dueñas, autor de La prohibición del Jade.

En una librería —o quizás en todas ellas— descubrí el olor a libro nuevo. Fue a los cinco años, en la librería del colegio. Recuerdo que, en aquella época, cada inicio de curso, los profesores nos proporcionaban los libros de texto para que todos los niños los tuviésemos desde el primer día de clase. Claro, algunos de nosotros los devolvíamos porque teníamos hermanos mayores. Yo me incluyo entre ellos; ser el pequeño de una familia numerosa no te hace heredar tan solo pantalones pasados de moda o polos casi deshechos a fuerza de lavados. El caso es que, a mí, ese primer día de colegio me encantaba. Los profesores nos decían «Pasad las páginas de los libros por si están deteriorados o tienen algún fallo de imprenta». Y todos los niños lo hacíamos. Inspirábamos fuerte ese aire saturado de olor a papel recién impreso, sonriendo, mirándonos los unos a los otros, a sabiendas, al menos yo, de que, por ser precisamente el hermano más pequeño, jamás podría quedármelos.

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