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La huerta grande

«Mirando hacia los cuatro horizontes» Marta Llorente Díaz

25 mayo, 2020

 

Para Patricia Romero, en recuerdo de nuestras traducciones de Le Corbusier,

En Barcelona, a 7 de mayo, a los 50 días de confinamiento

 

 

Hubo un hombre que se llamó a sí mismo Le Corbusier. Y, a veces, simplemente Corbu. Se llamaba Charles-Edouard Jeanneret y nació el 6 de Octubre de 1887, hace ciento treinta y tres años, en La Chaux-de-Fonds, en el cantón suizo de Neuchâtel. Hubiera podido ser un buen relojero, como su padre, como su abuelo, pero su miopía extrema le llevó lejos de ese universo en miniatura que es el barrio de los relojes hacia el gran espacio de la arquitectura.

 

Todo el mundo conoce su nombre, pero es difícil encontrar a alguien que aprecie su obra, fuera del gremio de arquitectos y arquitectas. No es verdad que construyera solo cajas blancas de hormigón para encerrar a la gente en espacios dramáticamente duros e inhóspitos. La verdad es que imaginó la casa del futuro: inventó un modo de vivir, de habitar, de medir el espacio y de ver el mundo desde un interior. Construía máquinas para vivir y para conmover. Enseñó a los arquitectos que cada comienzo de un edificio es la creación del mundo. Que todo empieza instalando un centro en el espacio vacío y contemplando los cuatro horizontes que lo rodean, para adelantarse a la experiencia de habitar, antes de decidir la forma de las construcciones.

 

Cuando en 1950 empezó a pensar la Capilla de Ronchamp, Notre-Dame-du-Haut, subió a la colina en que se amontonaban los escombros de la iglesia destruida en los bombardeos de 1944, y vio desde allí el paisaje que se extendía en círculo a su alrededor, limitado por el horizonte. Empezó entonces a inventar las formas más extrañas que hasta entonces tuvo un espacio sagrado. Una cueva, una nave blanca coronada por un sombrero gris de hormigón, un gigantesco hongo que brota sobre la colina. La iglesia tenía un aspecto estrambótico, insólito. Era la imagen de un artefacto nunca visto. Pero el espacio que encerraba fue sagrado desde el primer momento. Fue sagrado por su belleza, por su solemnidad. Las almas y los espíritus lo rodearon durante los años de la construcción. Le Corbusier sentía como esos espíritus le acechaban, algunos eran traviesos, otros maliciosos y otros benignos. Un día, puso la cruz de pie, directamente sobre el suelo. Una cruz desnuda que tenía solo la estatura de un dios-hombre, pero no su imagen. Las proporciones de la cruz habían sido calculadas a partir del sistema de medidas que había estado inventando durante los años de la guerra. Ese día, quienes trabajaban aún en la obra, el arquitecto y los religiosos que la habían encargado, quedaron suspensos, desconcertados por lo que irradiaba ese objeto en el espacio, iluminado por los pequeños huecos que forman una constelación de estrellas en el interior. Todos guardaron silencio. Le Corbusier no dibujó esa escena hasta un año después, cuando la emoción que lo había dejado también en suspenso le permitió recordar sin temor el momento y preguntarse por el orden mágico que había introducido la cruz en el espacio.

 

Esa emoción se parecía a la que había vivido hacía muchos años al subir a la Acrópolis, en Atenas. También allí, desde lo alto, contempló el entorno dirigiendo la mirada hacia las cuatro direcciones de los puntos cardinales, como si reinara en ese lugar roto y en ruinas. También allí puso a prueba la idea de que la arquitectura ofrece esa mirada que, desde dentro, va hacia afuera, y no al revés. Esta vez, lo sintió así desde el Partenón, desde su interior castigado por el descuido y por los siglos. Un templo antiguo que apenas podía representar la maravilla que debió ser recién construido, hace casi dos mil quinientos años. Le Corbusier prefirió esa manera de mirar hacia el mundo, porque esa es la forma en que se ve el universo desde el centro que habitamos. Porque creyó encontrar así la clave de todo lo que construimos. Una arquitectura que sabe esto, deja de contemplarse con vanidad en el espejo de sus propias formas. Como los árboles, como las montañas, donde lo que importa no es la imagen que levantan sobre el suelo, sino todo lo que despliegan a su alrededor cuando estamos cerca. También una construcción irradia sentido cuando sabe guardar los ojos de quienes miran.

 

En la misma época construyó las grandes colmenas para que la gente menos privilegiada pudiera vivir con dignidad. Y esas colmenas fueron también montañas, lugares desde los que miles de ojos miraban hacia las extensiones de la tierra, mientras recibían el sol que viene del sur. Llamó a cada uno de esos bloques que parecían ciudades verticales, unité d’habitation. Los grandes bloques de viviendas tenían cubiertas que parecían pertenecer a buques gigantes que surcaran el mar del paisaje. En la Unité de Marsella, los niños jugaban bajo el sol asomados al exterior, hasta alcanzar la línea del mar y el zenit de la bóveda del cielo, desde la cubierta de medio kilómetro convertida en escuela. Los huecos de las terrazas de los apartamentos, que horadan como cuevas esa montaña habitada, se pintaron de colores, como en un tablero de juego.

 

Le Corbusier pensó más en el ser que en el parecer. Pensó más en lo que ofrece la casa o el templo a quienes habitan que en lo que aparentan desde fuera, para quienes admiran sus formas. Esa es su lección, pero no siempre se comprende: su arquitectura hay que recorrerla también mirando y observando y sintiendo el mundo de fuera desde dentro. El le llamó a esta experiencia: el paseo de la arquitectura, la promenade architectural. Por dentro de sus edificios se caminaba y se establecían recorridos, como los que establecemos en un parque o en una ciudad. Los edificios fueron para él laberintos de escaleras, rampas, balcones interiores: también su arquitectura mira hacia adentro, se ensimisma, contempla sus entrañas y su interior como un paisaje. Para conseguir este poder del espacio interior rompía muros, perforaba paneles, creaba circuitos de ida y vuelta, como los que podemos experimentar en la Villa Saboye, cerca de París, o en la Maison La Roche, que reunía dos casas, la de su hermano Albert, violinista, y la del coleccionista de arte que le da nombre. Hoy esta casa doble es un museo que podréis recorrer, jugando en su espacio, asomados a su interior desde esos balcones abiertos hacia adentro.

 

Inventó un sistema de medidas que casi nadie utilizó, pero que dio a su arquitectura los ritmos variables de una música hecha de espacios, de sombras, de ventanas abiertas y muros cerrados. Ritmos que enlazan lo pequeño con lo grande. Llamó a su sistema Modulor. Desplegaba medidas variadas y progresivas, lejos del sistema repetitivo y monótono basado en las unidades del centímetro, del metro, de la pulgada. Dedujo este abanico de medidas del cuerpo humano. Son medidas que acompañan nuestros gestos de brazos, manos, piernas. El Modulor se mueve con nosotros, nos sigue como una sombra. Confeccionó una cinta con estas medidas y la llamó cinta modulórica. La guardaba en una cajita de lata de película Kodak, que llevaba a todas partes. Un día la perdió. Fue en Chandigarh, en la India, después de haberla llevado en su bolsillo siempre. La llevó a América para desplegarla ante Einstein, en 1946, en Princeton, en uno de sus viajes. Le Corbusier creía en los misterios y cuando perdió la cajita, como le había pasado ante la cruz de Ronchamp, como en muchas ocasiones, creyó que el hecho estaba determinado por los hados, por el destino que juega con nuestra vida. Y lo aceptó con buen humor.

 

Desde los aviones que empezaban a multiplicar sus vuelos sobre el planeta leyó las señales de la geografía como si fueran signos trazados sobre el territorio por la mano de algún dios.  Entendió así que la arquitectura podía ser también una forma de dibujar en el mapa del mundo nuevas líneas de comunicación, trazos que orientan el crecimiento y completan el mapa dibujado por la naturaleza. Se imaginó a sí mismo como si fuera ese dios construyendo desde las alturas una arquitectura de costas, colinas y ríos. Vivió estas imágenes como un sueño, como una alucinación, una señal para seguir y orientar sus planes de urbanismo —que por suerte apenas tuvieron realidad—. También esos planes y dibujos gigantes de ciudades tienen el carácter de su mano, de sus trazos de dibujo, tan inocentes como irónicos, pero peligrosos cuando su autor jugaba a trazar territorios desde las alturas. El motor de sus ideas fue admirable, pero a veces no supo encontrar los límites, guiado por su tenacidad y su pasión, a veces fue temerario. Por suerte, los límites vienen dados siempre por el sentido común, que el poseía a manos llenas: así es el tropezón con la realidad, que también juega su poder en nuestro destino.

 

Viajó otras veces en trasatlántico. Amaba la diminuta utilidad de las cabinas de barco y las visiones de la costa desde cubierta, cuando se dibujan sus perfiles a lo lejos. Desde un barco dibujó la silueta de Nueva York, al despedirse de la ciudad que le conmovió y enfadó, en 1935. Trazó una serie de dibujos con una línea, donde, como en un cómic, la ciudad se va alejando del barco en sucesivas viñetas, convirtiéndose en una miniatura hasta desaparecer del todo. Al perder de vista Nueva York, ya empezaba a añorarla. Lo explica en uno de sus libros, Cuando las catedrales eran blancas, donde puso en duda el derecho de los rascacielos a crecer sobre la tierra, sin las raíces que habían hundido en el suelo casi mil años antes las catedrales.

 

Malhumorado a veces, solitario y tozudo en la defensa de sus propuestas, acertó casi siempre en lo que hacía. Ganaba, porque tenía la razón de su lado y porque se pasó la vida trabajando sin cesar. Le veréis en viejas fotografías en plena faena, con sus gruesas gafas de cristales redondos, en ese atelier que instaló en la galería de un viejo convento, en la calle Sèvres de París. Un espacio sorprendente que muchos hubieran despreciado: un largo corredor de apenas tres metros de ancho, como un camino sembrado de mesas, un puente que llevaba los dibujos y proyectos, los suyos y de sus colaboradores, a todas las partes del mundo. Su despacho particular era mínimo, modesto, cuadrado, de 2,26 metros de lado. Un espacio limitado, un refugio dentro de otro refugio, como todos los lugares que reservó para sí. Allí pasaba las horas, recorriendo la galería, o dibujando en las mesas o en la pizarra, entre su gente, en medio de un desorden que solo cultivan quienes trabajan de verdad. Cuando murió, en 1965, instalaron su capilla ardiente en ese taller-galería. Quizá entonces su espíritu los recorrió por última vez, aunque es probable que haya vuelto más veces.

 

En Chandigarh, en la India, mientras construía el centro gubernamental del Punjab, Le Corbusier dibujó el monumento de la mano abierta, que se levantó mas tarde, como un signo de paz. Su vida había sido generosa —como esa mano gigante—. Aunque no siempre acertara en el trato humano, fue maestro y guía de generaciones de arquitectos, y enseñar siempre es una forma de dar, de regalar. Sus golpes de genio nunca superaron la altura de su entusiasmo y su capacidad de formar a esos jóvenes que lo recordaron siempre. Sus discípulos le amaron y le temieron, pero reconocieron el poder de su presencia y la nobleza de su trabajo.

 

Sus propias casas fueron ejemplos de contención imaginativa y sabia. Construyó para sus padres ya ancianos la casa más inteligente y simple que se pueda pensar. Una caja de 60 metros cuadrados con una ventana de once metros que parecía la barandilla de cubierta de un barco, sobre el lago Leman, justo en su orilla. La casa era como un mirador que se volcaba en todo momento sobre el agua. En la cubierta plana extendió un pequeño jardín salvaje y libre, pensando en disfrutar de una estancia en el tejado. Lo explicó: era para él un privilegio que hasta entonces solo tenían los gatos. En el jardín exterior a la casa, levantó un muro para moderar la presencia de un paisaje tan bello. Quiso que desde el exterior apareciera la visión del lago una sola vez: que se pudiera contemplar solo desde un hueco abierto en el mismo muro, como una ventana que comunica dos naturalezas, una domesticada y una salvaje, el jardín y el lago, junto a una mesa y un banco, en un rincón sombrío. También abrió en el extremo contrario del jardín una pequeña ventana para el perro, para que viera la calle y ladrara a placer al ver pasar los pies de los transeúntes. Su madre murió casi centenaria en esa casa que su padre ya había abandonado al morir al poco tiempo de estrenarla. Ahora ya no es casa sino museo, pero vale la pena que vayáis y os asoméis a esas ventanas y a la cubierta, para ver el lago, para sentir la brisa y la inundación de luz.

 

En París, Le Corbusier habilitó para él y para Yvonne una vivienda en la última planta de uno de los bloques de pisos que construyó, en el edificio Porte Molitor, en el nº 24 de la calle Nungesser et Coli. En la cubierta jardín, se emocionó al contemplar las hierbas salvajes que crecieron durante la guerra, a su regreso, y a las que quería libres y bellas como las que crecen en campo abierto. El apartamento tenía ajustadas las medidas a una vida sobria, con el único lujo de una taller para pintar y poder dedicar al arte algunas horas, y vivirlas a solas.

 

Los últimos veranos los pasó en su cabanon, la cabaña que había construido para él y para Yvonne en 1952, en la Costa Azul, sobre la playa, por debajo del pueblo de Rochebrune-Cap-Martin. Las medidas del interior, 3,66 por 3,66 metros, cumplen apenas la dimensión de una habitación en la que dormir, trabajar y asearse. No necesitaba cocinar: al lado tenía el bar Étoile de mer que regentaba su amigo Thomas Rebutato. Allí pasaban horas de calma, veladas veraniegas que detuvieron el tiempo y hicieron inútiles las ropas y las convenciones de la ciudad. En 1957 murió Yvonne. En 1965, Le Corbusier murió ahogado mientras se bañaba solo en el mar, frente a su cabaña, lo encontraron unos pescadores apenas unas horas más tarde.

 

Su sepultura, que comparte con Yvonne, es obra suya. Podría ser un dibujo, un cuadro, una miniatura de sus planes de urbanismo, un recorrido, un mundo. Es de dimensiones mínimas, como todos los lugares que se reservó para vivir. Sobre la losa de hormigón: un atril con ambos nombres sobre una placa de colores, irisada; un cilindro donde las flores se han vuelto salvajes y un pequeñísimo parterre integrado en el rectángulo. Veréis allí también una cruz tan pequeña que cabe en la palma de la mano, que parece haber caído entre los otros objetos con descuido. Veréis el hueco aún más pequeño que ha dejado una concha, un recuerdo de los pequeños objetos que coleccionaba, como piedras y caracolas. Parece como si el azar hubiera marcado la modesta huella de este objeto precioso hecho por a naturaleza, ya no por la mano humana, en el cemento fresco. Escogió para su tumba la forma de la concha para representar la sabiduría de un arte superior que ha creado simplemente la vida.

 

Si vais un día a ver su tumba, tendréis que ascender hasta el pequeño cementerio que está en lo alto del pueblo de Rochebrunne, que domina un promontorio a casi a 400 metros sobre el nivel del mar. Desde ese lugar —tal y como lo pude ver yo este verano de 2019— el mar, ya tan lejano, parece estar quieto, respirar apenas como la piel de un enorme cetáceo. Todo está tranquilo. El sol abrasa y el silencio deja que imaginemos al hombre que fue y ya no está aquí, en la Tierra. No tratéis de juzgarlo. Dadle recuerdos de mi parte. Saludad en mi nombre su memoria, a la del arquitecto que nos ha regalado una infinitud de ideas aún por desplegar. Nos enseñó a vivir mejor con menos, a redescubrir los caminos de nuestras casas y ciudades, a mirar hacia los cuatro horizontes desde la intimidad de nuestros refugios.

 

 

 

 

 

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