Nos gusta leer

La huerta grande

«Baños profundos» Graciela Rodríguez Alonso

1 abril, 2020

Llevo días muda. No puedo escribir, no encuentro las palabras adecuadas, tal vez ni siquiera existan; rebusco en las cuevas oscuras, bramo en silencio, me asomo a las ventanas por si hubiera alguna estrella como aquellas de la infancia, un augurio, un gorrión hermano del que cayó a los pies de Hamlet, «si es esta la hora, no está por venir; si no es esta, vendrá de todos modos…», me abrazo a los libros, un poema, necesito un poema que me devuelva al camino, un verso que me rescate del pozo oscuro de la incredulidad, una bofetada, un alarido ajeno que llegue del pasado porque el presente es solo zozobra, que alguien me propine una descarga que ponga en movimiento mis dedos. Y la recibo, como siempre, de entre los libros que aguardan pacientes a ser leídos.

La memoria amorosa, de Carlos Edmundo de Ory, no solo me catapulta a la escritura, sino que me devuelve al pasado, al del poeta y sus amores y al mío propio, porque en la página de inicio de su memoria encuentro estas líneas que anoté hace ocho años, exactamente el veinticuatro de abril de 2012, cuando empezaba a conocer a Carlos Edmundo de Ory y lo llevaba a todas partes conmigo:

«Mis lecturas, baños profundos…», leo mientras se oye la voz de Leonard Cohen que se me clava en el corazón, en una pequeña peluquería, la de Ana, en San Agustín de Guadalix. Ana le corta el pelo y la barba a papá.

En aquellos días en los que las estrellas estaban cada una en su sitio y los planetas se ordenaban en el firmamento y cada uno de nosotros sabía cuál era su lugar en el mundo y qué horas marcaban los ritmos ordenados como en una sinfonía, en aquellos días mi padre estaba enfermo, pero vivía sin miedo. Era un anciano sin temor a lo invisible y tras   una vida surcando los cielos de todos los continentes, aguardaba lo que estaba por venir, sí, aguardaba la hora, pero mientras lo hacía podía pasear, conversar con sus amigos, merendar con sus hijos y sus nietos, discutir, recibir la visita puntual del médico amigo y terminar los dos juntos el crucigrama del día.

Si hoy estuviera vivo, mi padre (como el tuyo) estaría solo. Confinado solo, hospitalizado solo, agonizando solo. «Todo es terror, todo es pasmo». Así lo dejó escrito Carlos Edmundo de Ory, a los ochenta y siete años. A esa edad mi padre se encontró con su hora. A esa edad el poeta tropezó también con la suya tras surcar, en lugar de cielos, infinitas páginas. Los dos permanecen a salvo en mi memoria.

Todo es terror, todo es pasmo, muerte a chorros, una Ilíada en la que nuestro único enemigo, invisible, avanza a dentelladas por el planeta. No hay estrellas a la vista, los caminos son barrizales inmundos, las plazas son cráteres peligrosos, callado es el llanto, «la pena verdadera es puro silencio…» pero como somos mortales y humanos, chistes, muchos chistes, necesarios para lograr que algo de aire nos llegue dentro para seguir respirando. Fabricamos aceleradores de partículas, desciframos el código genético, detectamos las tormentas solares, fotografiamos la superficie de Marte, el nacimiento de una supernova, los agujeros negros, pero no tenemos mascarillas ni sabemos si dentro de unos días podremos abrazar a los padres que hoy, aún, están vivos.

Somos tan frágiles. Sin embargo, afortunados: tenemos libros siempre esperándonos. En ellos me sumerjo y me doy baños profundos, buceo por miles de vidas, inhalo amores, miserias y grandezas, exploro océanos misteriosos, simas, islas peligrosas, bahías, puertos con olores nuevos. Por los libros sé de otras pandemias, peste, cólera, tuberculosis, a las que hemos sobrevivido desde hace siglos. En lo profundo de un libro, puedo encontrarme con multitudes o bien practicar la curativa soledad completa, página a página, verso a verso. Y esperar, en los brazos de un libro, a que terminen el terror y el pasmo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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