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La huerta grande

«Enfermo de papel» Javier López Iglesias

23 abril, 2020

ENFERMO DE PAPEL

Crónica, dulcemente despiadada,

la enfermedad me atenaza

con manos de papel.

 

Me han llegado historias de todas las ternuras

cuentos blancos y luces

grises cuentos de acíbar, plata, yesca, silencios,

poemas como manchas que se hubieran escrito sobre carne.

 

He leído viajes y risas y verdades

patéticos vacíos o señales de humo

alumbradas por seres que ya sin nada que quemar

se prenden a sí mismos.

Atisbarle es posible el alma a algunas sombras…

 

Pasaron por mi sangre Bartleby el escribiente, Alfanhuí,

Egber en la costa, Mateo transitando una casa tomada…

y ya no soy el mismo.

No puedo ser el mismo tras saber de Lowry

en Cuernavaca, Cortázar en París,

Quevedo en el infierno,

vislumbrar a Gombrowitz y Céline

Kafka Svevo Clarín, Don Miguel de Unamuno

Lepoardi Valente, Mishima del Japón,

el color de la endrina que brota en la morriña

de Ana María Matute, y Onetti, Marcel Schwob,

la soledad del siglo que Márquez dibujara,

Quasimodo Keruac Dostoyevsky Yourcenar.

 

Un ciego en Argentina construía escalofríos en inglés

y algunos olvidaron trazadas en los siglos,

para ti, para mí,

las mentiras más suaves del planeta.

 

Agradece la piel del corazón

el reflejo de Prokosch y Donleavy,

Durrell, Huxley Cervantes

aquel pálido rostro que se llamaba Woolf.

 

¿Qué sería de mí?

otro acaso, no yo,

si el vocablo Pessoa

no me hubiera acunado tantas noches de tantas,

si Dinesen, si Broch, si Cernuda

si no hubiese tenido

muy cerca de mis miedos

las caricias de un libro.

 

Por tanta regalía doy las gracias

y a unos cuantos milagros

de un modo visceral, eternamente:

los ojos, por ejemplo,

la substancia que piensa

y te adentra al placer de las lineas corridas;

ese dios misterioso que se llama palabra.

 

Me conmueve lo escrito para que yo viviera

– me encierro en los renglones y es la vida —

la imagen de mi madre recostada, leyendo,

el tacto del papel y la memoria,

esa monja lejana

que en las tardes de Orense

enseñaba a aquel niño

las sílabas primeras para siempre.

 

Me siento paciente terminal,

incapaz de confesar, sin deshojarme,

que de libros enfermé

y en este plácido aquelarre

letra a letra, página tras página tras página.

viajo desahuciado

y feliz.

(Ilustración de Paloma Capuz)

 

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