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La huerta grande

«Suite» Patrick Rosas

3 abril, 2020

Estaba en la larga avenida de las tiendas, deambulando para matar horas de hastío antes de
volver a la soledad de su cuartito decorado con fotos de diarios y revistas. De cuando en cuando se
detenía ante un escaparate y miraba sin mirar la ropa expuesta por los maniquíes, fuera del alcance de su bolsillo. Seguía su camino, paraba ante otra tienda fingiendo haber sido atraído por algún artículo y repetía la operación. Fue a través de una de estas vidrieras atiborradas de vestidos que la vio. No ha advertido la presencia del hombre del sombrero de fieltro marrón que dibuja su sombra en la faz exterior del cristal. Sólo tiene ojos para ella. Había visto mujeres de rostro más bonito, de cuerpo más perfecto; ninguna tan tentadora. Se estaba probando una bufanda delante de un espejo de talla humana. Enrollaba la bufanda en torno a su cuello y luego erguía el mentón y giraba la cabeza. Se alejó unos pasos del espejo para verse de cuerpo entero. Enseguida se acercó hasta casi tocar el vidrio con la nariz y se cubrió el ariete con la punta de la bufanda. Algo no le gustaba, quizás el color, podía ser el diseño, la textura del tejido. Se la quitó, la frotó con los dedos, se la volvió a enrollar en el cuello. Esta vez, la mujer hizo un mohín de desaprobación. Como no iba a comprarla, devolvió la bufanda al anaquel del que la había retirado. Dio unas vueltas por la tienda examinando la mercadería. Retiró unas blusas de su perchero, se probó alguna. Él no le quitaba los ojos de encima. Cuando ella volvió a la calle, él buscó su reflejo en la vidriera y con la mirada acompañó su rumbo hasta que ella se alejó de él una decena de metros, no más, no quería perderla de vista. Tampoco esta vez reparó en el hombre del sombrero, detrás de él, a su derecha. Se puso a seguirla. Apretó la marcha hasta ubicarse a unos dos metros de la mujer, a un metro. Creyó oler su perfume, Ysatis, o lo asoció con ella, ¿le recordaría placeres perdidos, acaso prohibidos? El bolso de ella, colgado de su hombro, se balanceaba en el aire húmedo, golpeando suavemente su cadera; parecía vacío, un simple adorno, un complemento de color a una tenida sobria que no conseguía disimular por completo sus formas espléndidas, o eso le parecieron; se inmovilizaba cuando ella se detenía ante un cruce y reanudaba su golpeteo cuando ella volvía a ponerse en marcha. Él no tuvo poblemas para mantenerse a un paso de la mujer. ¿Qué buscaba siguiéndola?; no abordarla, para ello debería recortar aún más la distancia, ponerse a su lado a fin de poder hablarle y, ¿qué le diría?, algo a lo cual ella no opusiera objeción y que diera pie a un diálogo susceptible, a su vez, de convertirse en charla, animada conversación: la bufanda le quedaba estupenda, iba de maravilla con el color de su piel; tiene usted un cuello magnífico, lo sabrá usted, ¿verdad? Algo así. O, más precavidamente, a fin de no ahuyentarla, ¿conoce usted la zona?, hay aquí buenos restaurantes, me han dicho, ¿sabe de alguno?, ¿ése, allí enfrente?, ¿puedo invitarla a cenar? Se habría propasado. Ella se detuvo ante un edificio de oficinas, miró la hora en su reloj de pulsera, oprimió el botón del portón, a la altura de sus ojos, a la izquierda; el portón se abrió y a ella se la tragó la oscuridad del zaguán. ¿Valdría la pena esperarla? No tenía nada que hacer. Examinó las placas de latón amarillo colocadas en el muro de piedra, a ambos lados: psiquiatras, cirujanos, abogados, algún dentista, una sociedad de import-export. Dada la hora, ella no tardaría en bajar. Dos o tres de las placas indicaban oficinas situadas a nivel de la calle, podía haber entrado en una de ellas. Como empezaba a llover, él se apoyó en el muro del edificio, bajo su soportal, y levantó, por precaución, las solapas de su chaqueta. No llevaba paraguas, los perdía, olvidados en trolebuses, en garitos, en burdeles. El hombre del sombrero se guareció a unos metros, protegido por la cumbrera de piedra de otro portón
y desde allí lo observó con disimulo, acaso haciéndose preguntas acerca de sus intenciones. Media
hora más tarde la mujer no aparecía aún. Podía vivir en una de las buhardillas de ese edificio de
estilo hausmaniano, habría vuelto del trabajo y ya no volvería a salir. Pero era poco probable: antes de franquear el umbral había consultado la hora, eso querría decir que tenía una cita o que iba a una consulta, no con uno de los psiquiatras, parecía serena, a gusto con la vida; con el dentista, por lo general las consultas en sus gabinetes son largas, hacer un empaste, extraer una muela son operaciones delicadas; o con uno de los abogados, por una cuestión de herencia o a lo mejor un divorcio. Decidió esperarla diez minutos más. Eran las seis menos diez; a las seis en punto se marcharía. No se marchó cuando dieron las seis ni la seis y cuarto. El hombre del sombrero se había aproximado a él unos metros y seguía espiándolo sin que él le prestara atención. Cuando por fin la mujer apareció en el portón, se puso en marcha detrás de él, que de nuevo caminaba a un metro de la mujer, sin abordarla. Tampoco el hombre del sombrero lo abordaba a él. Se encontraba a sus espaldas, a escasa distancia, empeñado en no perderlo de vista. El hombre del sombrero, las manos hundidas en los bolsillos algo desfondados del pantalón de franela, se detenía, manteniendo la distancia, cuando él se detenía detrás de la mujer, detenida por la luz roja de un semáforo. Los tres habían apresurado el paso desde que ella volvió a la calle y se puso a caminar en la dirección por la cual había venido. Ella no parecía saber que era seguida y él también era seguido sin saberlo. Sólo el hombre del sombrero marrón sabía que él seguía al otro y que éste seguía a la mujer. Pero no sabía por qué la seguía y tampoco sabía por qué seguía él al primero. Ni que él mismo era seguido por una mujer que lo devoraba con los ojos a un metro de distancia, acariciando el estuche de un anillo de compromiso o un manojo de cartas, ¿alguna de despedida?, o tal vez una pistola, ¿o una lata de sardinas?, en el bolsillo del impermeable negro, de hule, con capucha. La capucha le disimulaba, bajo la raíz del pelo rojizo, peinado à la garçon, una cicatriz reciente, resultado de un accidente. ¿O de una agresión?

 

(In «El misterio necesario (Y otros fenómenos semejantes)»

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