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La huerta grande

«Tres dardos a lápiz» Juan Carlos Chirinos

5 julio, 2019

Peligros de la generosidad

En Misericordia, Galdós comienza con una espléndida comparación: «Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián». Así mismo, nuestra civilización posee dos mejillas. Por debajo de todos los discursos corre el arroyo de la generosidad. Ser generosos con el prójimo nos reporta, a la larga, beneficios. Pero lo que no nos dicen es que la generosidad es un río que hay que encauzar, porque no todas las parcelas merecen sus bendiciones. Como el agua, si no se doma, la generosidad puede destruir lo que podría haber sido un prado de bondad. Pues no hay nadie más ingrato que el deudor. No recuerdo si es a Antonio Maura o a Manuel Azaña a quien se le atribuye la siguiente frase: «¿Y este por qué me odia si yo no le he hecho ningún favor?». Hay favores que matan, pues la envidia y el egoísmo son los gemelos preferidos de los resentidos.

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Se ha celebrado desde hace mucho el arte de la conversación, que ha ido desapareciendo, o se ha ido transformando, quizá, a causa de las nuevas tecnologías de comunicación. Me preguntó mi papá el otro día si hablaba con mi hermano y le dije que sí. «¿Pero de viva voz?», inquirió y tuve que explicarle que no, hablar, hablar, no, más bien son conversaciones por WhatsApp que, irónicamente, es un juego de mezclas entre la contracción inglesa para «aplicación» y el saludo coloquial (what’s up?) con el que antes se iniciaban las conversaciones «de verdad». Hay una etnia en Suriname cuyo modelo de comunicación no es de dos (emisor y receptor) sino de tres (emisor, intermediario y receptor), pues parece que así se discute menos y se habla más, gracias a la moderación del tercer elemento. Puede que sea buena idea introducirlo en nuestras conversaciones, las pocas que nos quedan sin los celulares titilando, exigiendo nuestra atención continua, como niños malcriados.

Misericordia con los escritores mediocres

Un buen lector —cualquiera puede serlo si se pone a ello— detecta de inmediato a un escritor mediocre, ese que no llega, que no alcanza la verdadera forma de la palabra. Salvo que el tal escritor sea particularmente irritante, el buen lector suele ser compasivo con él: sonríe y con delicadeza abandona su libro, casi sin que el escritor mediocre lo note. Un buen lector solo lee buenos libros, pero siente gran misericordia por esos sordos verbales que son los escritores mediocres. No los lee nunca, pero siente lástima por sus caras que imploran y que están a punto de llorar. Un buen lector, también, puede ser una buena persona.

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