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La huerta grande

“Pedestales”, Graciela Rodríguez Alonso

25 marzo, 2019

Infinitas veces he atravesado la inmensa bahía que abarca la Plaza de Colón, desde Goya a Génova, desde Castellana a Recoletos. Infinitas veces, siempre corriendo, yendo, viniendo. El nostos cotidiano de los odiseos que poblamos Madrid. De la Biblioteca Nacional a la Fundación Mapfre, pasando por El Espejo o por el Café Gijón, ida y vuelta, el velamen desplegado para ir recogiendo los vientos favorables y poder sortear así semáforos, autobuses, coches, peatones, skaters, incluso manteros por un día que ofrecen a quienes recorren el paseo de Recoletos libros llegados de otros tiempos.

Una de esas veces, hace años (rebeldes), me detuvo en la orilla de Génova una sensación de perplejidad ante la metáfora que allí se exhibía. En el centro de aquel océano árido de Madrid se erguía, decenas de metros, Cristóbal Colón. Mármol inmaculado, luminoso faro de la Hispanidad, su mirada al cielo, una mano tendida al mundo, la otra sosteniendo una bandera. El héroe de la navegación cuyo nacimiento se disputan las naciones, el admirado descubridor que gritó, grita y gritará, tierra, tierra, tierra América desde las alturas, por los siglos de los siglos.

Sin embargo, atrapada en una isleta en la orilla de Génova, depositada sobre el pavimento cual material de aluvión, sí, allí, junto a mis pies, yacía el otro término de la metáfora: una mujer desnuda que bien podría haber naufragado tras la travesía imposible por el turbulento asfalto de la calle Génova nacido allá por los bosques de la casa de Campo y de Rosales para venir a desembocar en la bahía de Colón tras recorrer la ciudad. Desnuda yacía entonces la mujer y persiste aún hoy en su desnudez. Puras curvas su cuerpo negro, negros sus ojos sobre sus labios negros y en una mano el espejo, espejito dime quién es la más bella, y la mano libre dicen (los poco imaginativos) que atusándose el cabello negro.

El contraste era, y es, evidente. Colón, gobernador y virrey, dominando el espacio: su mirada de almirante regio alcanza las islas de Cibeles y Neptuno y quién sabe si incluso la de Atocha; ella, mujer sin nombre, hechos desconocidos, tan valiente a ras de suelo, detritus y colillas a su alrededor, amenazada por botas que la circunvalan, por zapatillas, ruedas, zapatos con o sin tacón, mientras sueña ella, estoy segura, con alcanzar algún día la altura verdeoxidada de las Torres (de Colón, todo es de Colón en esta plaza) para averiguar de una vez por todas si hay algo más allá del mundo alquitranado y ruidoso que la mantiene varada; algo a lo que parece mirar aquel Colón del que tantos comentarios escucha a su alrededor —señores, ese que ven en el centro es Cristóbal Colón; ladies and gentlemen, si elevan la mirada verán al gran descubridor—, que en todos aquellos años no se había dignado responder a las llamadas que ella le dirigía cada vez que el sol incidía en su espejo, espejito mágico de pacotilla que ella tiende a quienes se acercan por ver si alguien se lo arrebata de una vez por todas y recupera al menos la libertad de su mano.

Durante treinta años la mujer desnuda espera. Durante treinta años la mujer es solo un cuerpo voluptuoso y un rostro frente a un espejito y una mano atusándose el cabello, ¿quién dice que con coquetería si es absoluta desesperación? Durante años, desde que la descubrí a la orilla de Génova, la busco cuando atravieso la plaza, le mando saludos, me indigno por su invisibilidad y elevo la mirada hasta la cabeza del almirante y sonrío al comprobar que, invariablemente, una paloma malintencionada está allí instalada.

Pero desde el pasado mes de diciembre, ¡albricias!, qué regocijo, todo ha cambiado. La presencia de otra mujer le ha dado la vuelta a la sintaxis y a la gramática, ha puesto patas arriba la retórica y las corrientes telúricas y las migraciones turísticas. Se llama Julia, no vemos su cuerpo. Solo su cabeza se muestra majestuosa sobre el ruidoso océano que la rodea de tal forma que parece elevarse, gracias a la milagrosa perspectiva, por encima de las cúpulas de la Biblioteca Nacional. Sus enormes ojos permanecen cerrados como para indicar que no está interesada en lo que se ve a simple vista. Bajo los lagos blanquísimos de sus párpados fluyen pensamientos secretos. No le interesan las apariencias a pesar de que los peatones la rodean para fotografiarla desde todos los puntos, tan bellas son las líneas de su rostro, tan inesperada su delicadeza, tan llamativo su milenario silencio. Ella, sin pronunciar palabra, es la viva imagen de la poética más hermosa. Y es visible desde los cuatro puntos cardinales. Y un manantial de agua nueva la rodea.

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